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Ardor guerrero

El guerrero más valiente, el que con más fiereza lucha, no es el que duerme en el campamento acunado por explosiones y disparos, sino el que cada noche bebe, ríe y ama con su gente. Porque, cuando vuelve a la batalla, tiene presentes los motivos por los que combate, lo que quiere defender.

Logos

En el libro del Génesis, Dios le concede al hombre el don de bautizar a los animales. Así los ponía bajo su control, ya que las palabras tienen ese poder. Durante siglos, filósofos, cabalistas, y hechiceros han intentado todo por conocer el verdadero Nombre de las cosas, el conocimiento supremo, y las religiones más miedosas impiden a sus fieles nombrar a sus deidades, por miedo a que de este modo su poder se diluya al ser contenidos en un golpe de voz. La palabra es conocimiento, el conocimiento es poder.

Hoy, el Poder tiene miedo de las palabras, y las usa cuando y como puede para mantenernos quietos. Nos alimentan a la fuerza con apodos, motes y epítetos para evitarnos la molestia de pensar, de distinguir, para evitarse el peligro de que veamos más allá de los paisajes que nos pintan. Ante esto, sólo nos queda huir de las etiquetas, de las que nos imponen pero también y sobre todo de las que cuelgan de todo cuanto nos rodea, etiquetas que son muros para ocultarnos las realidades, las singularidades que componen cada grupo que cómodamente unificamos bajo los títulos de progre, fascista, perroflauta, indignado, internauta… Palabras prohibidas, tabúes, corrección política para borrarnos la diversidad de la mente junto a las palabras para nombrarla.

Nos borran palabras de los diccionarios y de los periódicos, pero también nos las quieren borrar desde las plazas. Nos dicen que nuestras palabras son malas, que pertenecen al Enemigo, y nos pretenden crear nuevas formas, una neolengua orwelliana con símbolos ajenos al sonido, con un “lenguaje inclusivo” (etiquetas, otra vez) que excluye, que opone, que llama a una guerra que no existe. Crear una guerra en terreno neutral por el puro placer de sentirse generales, apuñalar a nuestras palabras, nuestras ideas, en venganza de afrentas imaginadas, atacar a morfemas desarmados sólo por tener una batalla que ganar.

Gandhi, ese cerdo machista

Ante este odio a las palabras, frente a esta rabia a los sonidos, propongo un contraataque de amor a la lengua, al vehículo de nuestras ideas, un no dejar que nos convenzan para despreciar una parte de nosotros. No nos dejemos vencer por quienes nos quieren inculcar el asco a los cuentos y los poemas, resistamos en paz y calma contra los abanderados de las falsas vocales, de los artificios y rodeos, admiremos la belleza de una canción sin pensarla insulto. No dejemos nunca que nos reescriban.

Había visto cómo golpeaban con escobas a otros gatos; por eso bufaba a cualquier humano que se le acercase, sacaba las garras y arañó a los niños que querían acariciarle el lomo.  Al verlo, los padres de los niños corrieron a buscar sus escobas.

Escapistas

Los llamaron ilusos, utópicos, revolucionarios, alborotadores, inconformistas, libertinos, soñadores Los más crueles llegaron a llamarlos artistas, pero lo único que sucedía era que la realidad que les ofrecieron ya les había aburrido y habían decidido crearse otra.

Nomenclatura

Dicen que el mayor triunfo del Diablo fue hacernos creer que no existía. En realidad, su auténtica victoria fue corregir su nombre en los libros; por eso ahora le llamamos “Dios”.

Acostados

Después de acompañarnos en la lucha se quedaron a dormir, y sus sueños fueron tan dulces que no se volvieron a levantar ni cuando el enemigo se acostó a su lado. Ahora nos piden que dejemos de combatir para que el ruido no los despierte.

Punto de inflexión

La veo sentada en el borde de la acera, las manos temblorosas sujetando un cigarrillo que no termina de encenderse por culpa de las lágrimas que lo empapan, sola y pequeña en la calle oscura, y dudo entre tenderle un pañuelo o seguir caminando. Como siempre que es importante, no me doy cuenta de cuál habría sido la decisión adecuada hasta que ya es tarde para rectificar.