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Archive for the ‘Mentirijillas’ Category

Prometer hasta meter

Porque no tengo otro modo de lucharte, porque no hay más forma de tenerte, porque a base de palabras se llena la tinta de los besos, porque ya no sé cómo pedirte, por eso tienes cien palabras, estas cien que eran mías, este tributo de diccionario a un altar de puntos luminosos, este sacrificio de las yemas de mis dedos, esta orgía de detalles que no tiene más sentido que la urgencia con que la pides y la urgencia con que intento atender a tu llamada, cumplir tu misión, satisfacer mi parte del trato.

Y nunca te cansas de pedirme, y nunca me canso de darte, de esperar un nuevo trato, de ansiar que me impongas tus doce trabajos y ganarme ese Olimpo que jamás me has prometido, que tal vez quieras construir aunque sólo sea por lástima de este que tanto lucha por él.

Musa impaciente que me mete prisa, que me roza los labios con un susurro y me pide mi arte, y yo sin otra cosa que hacer que robárselo a ella, robarle el arte de su piel y convertirlo en frases, en repeticiones y juegos con sonidos, en aleves alas del leve abanico que la acaricien donde yo no alcanzo.

Un poco más, un poco más me gimes mientras yo me recreo en la punta de tu diente que busca mi carne en el vacío. Un poco más y yo ya no sé hasta dónde ni hasta cuándo, y sólo pienso en dar otro paso, en correr otra legua, en caminar ciego y descalzo hasta donde se esconden tus suspiros.

Y ahora todo se va borrando, y sólo es el sueño de tus besos etéreos, la idea de tu sexo imposible, los brazos que no pueden abrazar ni arrancarte la ropa, la boca que no sirve de nada si no puede morderte, estos dedos que pulsan teclas infames que no pueden ser tu piel.

El último tramo del camino. Los últimos pasos antes de llegar a la meta, a lo que ansié desde el principio, a lo que me hizo levantarme y emprender el viaje. Tan cerca… Y de pronto, la duda, la pregunta, la respuesta y la seguridad de que no quiero llegar, no quiero alcanzar mi destino. No quiero dejar de caminar, siempre que sea en pos de ti.

Inventas excusas para seguirme torturando, me las creo para dejarme torturar. Continuamos engañándonos mutuamente mientras rezamos a las ganas para que no nos abandonen, para que todo siga, para que nunca acabe así, poquito a poco, despacio pero sin respirar. Ya no nos hace falta.

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Fábula

Correteaba el ratón tranquilamente, alegre, por la cueva en la que siempre había vivido, en busca de algo que llevarse al hocico, cuando oyó unos quejidos en el exterior. “No sé si debería salir”, se preguntó, “pero qué diantres, no voy a pasarme toda la vida encerrado en esta cueva”. Y se asomó, con algo de miedo al principio, luego sacando toda la cabeza y sintiendo el calorcito del sol, porque podía hacerlo.

Al asomarse vio algo que nunca habría imaginado ver: allí estaba el león, el valiente y poderoso león, llorando como un cachorrito. “¿Me atreveré a preguntarle qué le pasa?”, volvió a dudar. “El león es tan grande y da tanto miedo, y yo soy sólo un ratón chiquitín. Pero parece que lo está pasando mal y, ¿qué clase de criatura sería yo si no intentase ayudar a un prójimo en apuros?” Y se acercó al león, venciendo su timidez, porque podía hacerlo.

– ¿Qué te ocurre, león? – preguntó el ratoncillo.

-Se me ha clavado un hueso en la garganta, y me duele mucho -dijo el león, entre lágrimas-. Pero como tengo las zarpas tan grandes, no puedo sacármelo.

-Tranquilo, voy a ver qué puedo hacer. Como soy tan pequeñito, puedo meterme en tu boca y alcanzar el hueso. Abre bien las fauces.

El león hizo lo que le decían, y el pequeño ratoncillo se metió despacio en su boca, sonriendo y dispuesto a ayudar al poderoso rey de la selva. Cuando ya sólo asomaba el rabito, el león cerró las fauces, masticó un poco y se lo tragó, porque podía hacerlo.

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Victoria

La guerra había terminado, por fin, tras mil años, un instante; el tiempo no existía aún, y la ciudad de oro y marfil celebraba la victoria sobre el rebelde Lucifer y sus seguidores. Se cantaron elegías por los leales caídos, y se colgaron las cabezas de los atacantes muertos de las murallas de Metrópolis.

Samuel se detuvo a mirar una de las cabezas. Los cabellos rubios estaban teñidos de sangre, y el rostro antes perfecto ahora estaba contraído en una mueca, pero aun así reconoció sin lugar a dudas a Cruciel, su compañero, su amigo, su víctima.

Atravesó las grandes puertas de la ciudad de los ángeles y vagó, dejando que sus pies lo llevaran adonde ellos quisieran, mientras se retraía al momento en que todo cambió, cuando Luzbel se acercó a ellos con sus dulces palabras, sus promesas de libertad, de justicia, palabras que calaron en los oídos de Cruciel, que lo embelesaron y le hicieron seguir al Dador de Luz. Samuel los vio alejarse entonces, sin pensar más en ello. Confiaba en Dios y sabía que los proyectos de Luzbel nunca llegarían a buen puerto.

Poco después estalló la guerra.

Las murallas de Metrópolis estaban siendo asaltadas. Todos los ángeles tomaron sus armas y se prepararon para la defensa. Fue una batalla encarnizada, ya que los contendientes de ambos bandos eran seres perfectos, de pura luz, y sólo la casualidad o la ventaja del terreno podían causar alguna herida. Samuel estaba en primera línea, blandiendo su lanza de luz, esquivando las acometidas de los rebeldes, moviéndose con la gracia del que domina el arte de la guerra. Oyó la pisada a su espalda, el pie que se apoyaba con más fuerza para asestar el mandoble; girarse y embestir con la lanza, todo fue uno. La sangre le manchó la túnica y contempló el rostro sorprendido de Cruciel mientras se le escapaba la vida.

Abrumado por estos recuerdos, no se fijó en el camino que seguía hasta que se vio al borde del precipicio. Miró hacia atrás, hacia la ciudad que había defendido y por la que había dado la existencia del ser que había sido su amigo, su compañero, su amante, y siguió caminando. La caída fue larga; le habría bastado con extender las alas y remontar el vuelo.

Con eso le hubiera bastado…

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Subió pesadamente las escaleras de caracol que llevaban hasta lo alto de la torre. Ella lo esperaba, con el corazón latiéndole tan deprisa que casi se le salía del pecho. Ahí estaba él, su príncipe victorioso, el que había vencido al dragón y, por fin, la había liberado, y con estos gritos lo recibió. Él miró sus ojos azules, sus rubios cabellos, su blanco y largo cuello…, y vio sobre todo su sonrisa. Sonreía al verlo aparecer, con el brazo de la espada rojo de la sangre del dragón.

-Lo has matado -dijo, rebosando felicidad.

El príncipe pensó en aquella enorme bestia que salió a su encuentro abajo, en la cueva, cuando llegó sobre su caballo blanco. Lo primero en lo que se fijó fue en sus ojos, grandes y tristes, con una expresión que jamás habría imaginado en una criatura de su clase. Lo siguiente fue su voz potente, ronca, que parecía hablarle desde todos los rincones de la cueva a la vez. Oyó cómo le daba la bienvenida… Y una frase más.

-Procura que sea rápido.

-¿Qué?

-La muerte -explicó el monstruo-. Has de matarme, no me resistiré; pero te pido que al menos lo hagas rápido. Aquí, en el costado, mi piel es más delgada y, si hundes bien tu espada, podrás atravesarme el corazón.

-¿Pero por qué? ¿Por qué buscas la muerte?

-Arriba está tu princesa. No te conoce, pero no ha dejado jamás de hablar de ti. Desde que la traje a mi guarida, no ha pasado un sólo día sin que me dijera cómo llegarías, me vencerías en singular batalla, me cortarías la cabeza y te casarías con ella, que sería al fin libre de mi fétida existencia. Yo la traje aquí porque la amaba; la amaba entonces y aún la amo, pero para ella soy insoportable, aborrecible. Sueña contigo, con un fuerte y noble príncipe que me mate y la lleve a su castillo, y eso es lo que ha de tener. Por eso te lo ruego, mátame y hazla feliz, todo lo feliz que yo quisiera haber podido hacerla.

El príncipe no sabía qué decir. Cierto es que había ido hasta allí para matar al dragón, pero nunca hubiera esperado que fuera éste quien le pidiera morir. En silencio, porque ninguna palabra que pronunciara podría haber hecho justicia al sentimiento de solemne inevitabilidad que lo embargaba, se acercó a la bestia y, reuniendo todas sus fuerzas, hundió su espada en el punto que le había indicado. Ni siquiera entonces se movió el dragón; tan sólo le pareció ver cómo una lágrima surcaba su escamoso hocico. Aún en silencio, con lentitud, se dirigió hacia las escaleras y comenzó a subir los peldaños de piedra, esforzándose inútilmente por pensar que quien lo esperaba arriba podría ser digna de la muerte de tan honorable rival.

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Puta

Puta.

La palabra rozó sus oídos mientras salía del bar con él de la mano, pero no le hizo caso porque ya sabía lo que significaba: “¿Por qué no conmigo?”. La había oído ya tantas veces que perdió su categoría de palabra para ella, que pensaba en los “puta” que se oían cuando pasaba como en estornudos o carraspeos.

Puta, bailando sola en el bar. Puta, sonriendo. Puta, hablando con quien se le acercaba, bebiendo de su copa, acariciándole el cuello. Puta, puta, puta… Curiosamente muchos se acercarían el sábado siguiente, y cuando ella pusiera el dedo sobre sus labios, ningún “puta” saldría de ellos. Preciosa, bonita, guapa, encanto…, amor, llegó a decirle alguien, y ella se contuvo de reír, porque en el fondo era lo que soñaba llegar a ser.

Cuando la veía de nuevo el lunes en la facultad, parecía imposible que fuera la misma que hacía dos noches había llevado a cabo su rutina, su ritual, la misma que salía cada noche del bar con alguien distinto de la mano, alguien que un tiempo después volvía con su grupo de amigos para corear como un tantra aquel “puta, puta”, a comentar la jugada que tal vez repitiera otro de los congregados. Nadie podía imaginar, el lunes, aquellos ojos color miel rodeados de maquillaje, aquella blusa sencilla transformada en un infinito escote, aquel educado “buenos días” pronunciado por los mismos labios que habían gritado “fóllame” tantas madrugadas.

Sólo yo conocía su secreto, sólo yo sabía de su interminable búsqueda. Sólo yo la veía repetir una y otra vez los mismos errores, como castigada por un cruel dios mitológico, aun a sabiendas de que su meta era imposible. Porque ninguno de los sapos a los que besaba mi princesa en asientos traseros y lavabos se convertiría en aquel príncipe que la abrazaba en sus sueños.

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Bloqueo

Cansado, apagó el ordenador. Estaba bloqueado, se dijo, les pasa a los mejores escritores; seguro que Balzac tuvo también días en los que no era capaz de escribir una sola línea. Calentó una taza con agua en el microondas y hundió en ella el sobre de manzanilla, empujándolo con la cuchara hasta el fondo, viendo cómo el agua se coloreaba. La manzanilla era una infusión poco adecuada para un escritor, por lo vulgar. Té rojo, poleo, incluso melisa, parecían encajar más con su oficio, pero él seguía fiel a aquella hierba, aunque sólo fuera porque le recordaba a su abuela, a aquellas tardes en las que ella cuidaba de él y los dos tomaban manzanilla con galletas. Incluso ahora, más de diez años después de su muerte, el olor a manzanilla lo transportaba a aquella época, junto a aquella mujer sencilla y buena que jugaba al cinquillo y rezaba el avemaría antes de dormir.

Terminó la manzanilla y el bloqueo seguía ahí. Si la inspiración no venía a él, no le quedaba otro remedio que salir a buscarla, así que se vistió, se metió las llaves en el bolsillo del pantalón y abrió la puerta. Decidió dirigirse al parque; así, aunque el paseo no le devolviera la inspiración, al menos respiraría un poco de aire puro. Además, era otoño y le gustaba caminar sobre el suelo sembrado de hojas secas. El sonido que hacían cuando las pisaba, el tacto mitad mullido mitad crujiente bajo sus pies, siempre conseguían alegrarlo, y hacían que la gente se lo quedara mirando preguntándose el porqué de su sonrisa.

El parque estaba lleno de gente, era sábado por la mañana, pero aún entonces se podían encontrar buenos sitios para pasear; el paseo perfecto necesita de la cantidad exacta de gente. Demasiada gente causa ahogo, no permite relajarse lo suficiente, pero hacía falta alguien, dos, tres, cuatro pequeños grupos, alrededor para no olvidar que el mundo está lleno de vidas, de pequeñas historias. Los novios que se revolcaban, llenándose la ropa y el pelo de astillas y tierra, a falta de un espacio que llamar suyo, consagrando su amor a la Madre Tierra. El mendigo que dormita a la sombra de un árbol, con el pequeño perro que lo acompaña a todas partes velándole el sueño y que ladra, enseñando los dientecillos, cuando considera que alguien se acerca demasiado, demasiado fiel para reparar en la poca amenaza que puede presentar un yorkshire terrier al que le faltaban varios mechones de pelo. Los ancianos sentados en un banco, mirando hacia ningún sitio en particular tal vez porque ya no les queda nada que ver. Esas salpicaduras de humanidad en la vegetación que le eran tan necesarias, todas ellas estaban ahí con él, como si su simple voluntad los hubiera convocado.

Volvió a casa y se echó en el sofá, declarándose vencido. Cuando se encontraba en esa tierra brumosa entre la vigilia y el sueño, un maullido lo devolvió al mundo de los ojos abiertos. Puso los pies en el suelo, tomó a su gata y la puso junto a él. La acarició distraídamente, gesto que fue correspondido con un ronroneo, mientras intentaba encontrar algún tema sobre el que escribir. No se le ocurría nada.

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Fueron tus ojos

Tienes que comprenderme. Nunca esperé conocer a nadie como tú, y llegaste de pronto, sin avisar, derribando todos mis muros e instalándote en mi punto débil como si fuera tu casa. Yo, que creía que nunca volvería a amar, que mi corazón se había quedado hueco, incapaz de sentir ya más, y de repente me descubrí pensando en ti cuando no estabas, deseando llegar a casa para verte en el sofá, sentarme junto a ti y comenzar ese juego de caricias, de pieles erizándose, de cabellos enredados…

Y dormir contigo. ¿Sabes que muchas veces fingía seguir durmiendo para poder quedarme junto a ti en la cama? Claro que lo sabes. Tú siempre lo has sabido todo de mí, desde la primera vez que nos vimos, ¿te acuerdas? Yo estaba en aquella fiesta, en un rincón, sin hablar; no conocía a nadie, había ido por compromiso y la persona con quien había quedado al final no se presentó, pero te acercaste a mí con dos copas y comenzamos a charlar. Yo hable y hablé, sin poder apartar la mirada de esos preciosos ojos grises tuyos y, no sé cómo, ya te estaba besando. Y desde entonces, amor, desde entonces estamos juntos, sin separarnos jamás; te viniste a vivir conmigo a regañadientes, aún te recuerdo rezongando, preguntándome si no creía que era muy pronto, pero yo ya no podía vivir sin ti, te necesitaba junto a mí en todo momento. Y tú lo comprendiste, y en el fondo, no hace falta que lo digas, ya lo sé, te gustó, te complació saberme tan de tu propiedad.

Anoche nos acostamos igual que siempre, y te dormiste abrazándome, igual que siempre. Me juraste amarme por encima de todo, y yo te juré amarte más que a mí, no, igual que a mí, porque eres yo. Porque yo soy una parte de ti, un pedazo de tu cuerpo, un latido en tu corazón. Y entre nuestros juramentos susurrados, nos dormimos, desnudos y entrelazados, como todas las noches.

Si hoy no hubiera sido lunes, podría haber ignorado el despertador y seguir en la cama contigo, y tal vez no habria ocurrido nada. No, llegados a este punto no tiene sentido intentar engañarte a ti, o tal vez sea a mí a quien esté intentando engañar; habría ocurrido igualmente, porque ya era inevitable. Así que, inevitablemente, lunes o no, me levanté, maldiciéndome por dejarte durmiendo, por no darte otro beso, por no saborearte una vez más antes de irme a la oficina. Fue en el baño, ¿te desperté, cariño? Sí, debí de despertarte; lo siento, pero no pude evitar gritar. Si tú te hubieras mirado en el espejo y no hubieras visto tu reflejo, habrías gritado también. Pero a ti eso no te va a pasar nunca porque, entonces lo comprendí, tienes dos reflejos, dos almas: la tuya y la mía. Te amo demasiado, vida mía. Tanto que, realmente, te acabé por dar mi alma. Pero la necesito, nadie puede vivir sin su alma, ni siquiera aunque la tenga el ser al que más adora en este mundo. Y, además, ¿cómo ibas tú a querer a alguien que no tiene alma? No podía ser, amor, y ni siquiera podía pedírtela, porque sé que no quisiste hacerlo; no me robaste el alma, sino que te la entregué yo, te la metí en el bolsillo sin que te dieras cuenta.

Por eso no quedaba otra salida, por eso, mientras aún te debatías entre el sueño y la vigilia, mientras me preguntabas qué me pasaba, si estaba todo bien, si me había golpeado o cortado con algo, fui hacia ti y te clavé el cuchillo. Por eso te he matado, cariño, porque no quedaba otra solución. Tienes que comprenderme.

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