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Archive for the ‘Libros’ Category

Pocas veces se encuentra uno con un libro con dos posibles lecturas tan contradictorias como Starship Troopers. Si lo leemos de seguido, sin mayor interés que el de entretenerse un rato con la instrucción militar de Juan Rico y las batallas contra los “bichos”, puede verse incluso emocionado por la vida militar y los valores de la sociedad futura que retrata la novela que, obviamente, funcionan como una máquina perfectamente engrasada. Puede que, pasado un tiempo, nos parezca percibir un cierto tufillo panfletario, quizá un posible empacho de barras y estrellas.

Mirando un poco más profundamente, sin embargo, comenzamos a ver los agujeros en el casco de nuestra primera impresión: en el análisis que se hace de los sistemas políticos del pasado (para ellos – presente para nosotros) se ve muy claramente en qué fallan pero, a la hora de hablar del sistema militocrático propuesto no se nos oculta en ningún momento (aunque lo estemos viendo a través de los ojos bien adoctrinados de Rico) el adorno de la propaganda. Y ya sabemos el poder que puede tener un sistema a la hora  de elogiarse a sí mismo.

No nos encontramos, a pesar de todo, con una obra cuyo fin único sea la denuncia o la conjetura política, como 1984 o Farenheit 451. En Starship Troopers, aunque el análisis sociológico está presente, aunque es cierto que sólo como un elemento más junto a otras  especulaciones de ámbito científico, tecnológico o incluso ecológico, en un batiburrillo de ¿Y si…? que es, en fin, de lo que trata la ciencia ficción más pura: salirse del ahora para poder imaginar otras posibilidades, pero esta novela es, principalmente, una obra divertida de leer, llena de acción y de ritmo rápido. A ello ayuda el efecto limitador de la narración en primera persona por parte de un miembro de la infantería móvil al que se le informa sólo de lo justo para que sepa dónde, cuándo y cómo combatir, para el que todo esto no es, en definitiva, más que otra cacería de bichos.

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Por fin. El guardián entre el centeno ha sido, desde ya no recuerdo cuándo, mi libro maldito, el que siempre he estado a punto de leer y nunca he llegado a atacar, hasta hace unos días, coincidiendo tristemente con la muerte de su autor. También ha sido el primer libro que he leído enteramente en formato electrónico,  con lo cual esta lectura ha supuesto tanto un final como un principio. Qué apropiado para una de las novelas iniciáticas más famosas de la historia de la literatura contemporánea.

Lo primero es admitir mi error: he leído esta novela con quince años de retraso, y he sufrido las consecuencias lógicas. Una obra cuyo principal valor es el de descubrirte las posibilidades que encierra el mundo y la necesidad de abrirse al futuro llega un poco a destiempo cuando uno ya tiene (o cree tener) esa lección aprendida. Es como enfrentarse a un viejo libro de la escuela: encuentras cosas que habías olvidado, y la experiencia es, sin duda, enriquecedora, pero el sabor general es de redundancia, de bocado demasiado mascado.

Dejando de lado el efecto en la lectura de mis circunstancias vitales, nos encontramos con una novela dominada por la visión de Holden, ese adolescente tan absolutamente hostiable que puede hacernos olvidar el mundo que lo rodea y al que él mismo no tiene ningún reparo en juzgar y condenar, de manera continua, siempre por no adaptarse a su capricho momentáneo. Holsten es un adolescente malcriado incapaz de soportar el hecho de que haya alguien cuya vida no gire en torno a él y que no lo vea como su prioridad absoluta. Vemos cómo van pasando frente a él representantes de todos los estratos y facetas de la sociedad, y cómo nuestro guía los iguala a todos bajo su desprecio fruto de una rabieta indefinida, de una falta total de objetivos y criterios que intenta ocultar bajo una máscara de intelectualismo mezclada con muletillas y lugares comunes, esa fachada tan típica del “todo el mundo es idiota menos yo”.

Esta reducción tan drástica, que nos impide acercarnos a la realidad de la narración (apartados como estamos de ella por el grueso cristal tintado de los prejuicios del narrador-protagonista) acaba provocando un intenso rechazo por parte del lector que, irónicamente, es origen a su vez de buena parte de la carga didáctico-iniciática de la obra. El protagonista se nos convierte, en efecto, en un magnífico ejemplo a no seguir.

Como conclusión, no puedo hacer menos que apremiar a todo el que aún tenga esta novela por leer a que se ponga ojos a la obra cuanto antes: este catcher in the rye es un traje bordado para unas pieles muy concretas, y no le sientan nada bien nuestras arrugas.

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Omero, Iliade. Anagrama, 2005. Traducción de Xavier González Rovira.

Hoy en día estamos acostumbrados a ver la literatura como algo que se disfruta de manera individual, en la cama, el sofá o la bañera, a lo sumo en el metro, rodeados de gente tal vez, sí, pero solos al fin y al cabo. Homero, Ilíada nace de un intento de recuperar, aunque sea momentáneamente, ese carácter inicial que tuvo la literatura como lectura colectiva, y que hoy sólo encontramos de forma muy esporádica, como en la famosa lectura del Quijote que se hace cada 23 de abril.

Con esto en mente, Baricco reconstruye el texto de Homero, buscando mantenerse fiel al original y adaptarse al mismo tiempo a los gustos de un público que no es el mismo que en tiempos del bardo ciego. Para ello opta por darles voz a los protagonistas mismos de la historia, contarla en primera persona (o en primeras personas, en este caso). El resultado es un texto ligero, pero que no pierde nada de la fuerza del poema épico del que es reescritura.

Y, de fondo, un nuevo tema. Porque, como el propio autor afirma, es difícil enfrentarse a un canto tan bello a la guerra en tiempos de guerra como los actuales. Y lo hace como reto: no niega lo bello que hay en los retratos de los héroes, en las muertes narradas, pero lo contrapone a la belleza nacida de la paz, o de la huida de la guerra. Ahí, dice Baricco, se encuentra la meta del pacifismo: encontrar un nuevo tipo de belleza que nos haga olvidarnos de Aquiles, Héctor y Príamo.

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Tengo que confesar que me he convertido en un adicto a Paul Auster. Después de un Mr. Vértigo que me gustó sin más y una Trilogía de Nueva York que me dejó totalmente impresionado, he desarrollado una necesidad de leerle más, de descubrir qué otras genialidades se le habrán ocurrido, qué modos habrá inventado para contarlas.

Esa es la razón por la que llegué tan contento aquel día a casa con el libro bajo el brazo, llené la bañera, saqué una cocacola zero de la nevera y me dispuse a leer esa carta enviada a la nada, encontrada por casualidad, escrita desde un lugar al que pocos saben llegar y del que no se sabe si hay salida.

El país de las últimas cosas es un libro que trata, sobre todo, de la miseria, de los extremos a los que puede un hombre llegar cuando lo único que le espera es sobrevivir o pudrirse, las locuras a las que se puede uno entregar para evitar perder el juicio, la sublimación de los detalles más nimios. Una novela que puede llegar a hacer sentir al lector hambre física, mirar sus zapatos con un nuevo respeto.

No podía, sin embargo, limitarse Auster a escribir un libro sobre la pobreza: tenía que crear un mundo, una ilusión, un complejo misterio que, como suele ser habitual en sus novelas, se deja sin resolver. ¿Dónde está ese país de las últimas cosas? ¿Es real, está en este mundo? ¿Cómo se creó? ¿Qué sentido, qué significado tiene? ¿Es el país un resultado de sus habitantes, o es al contrario?

Habrá defensores de la literatura como instrumento de denuncia social que critiquen a Auster esta aparente irrealidad, este no haberle puesto un nombre, una latitud y una longitud, no haber señalado con el dedo. Sin embargo, todo lo que pueda perder en concreción lo gana en universalidad. No se trata de denunciar la existencia de un país de las últimas cosas con nombre, bandera e himno, sino de advertir del peligro que corremos de crear ese lugar o, quizás, de vivir ya en él.

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2004, Anagrama.

Gabriel Endel no tiene dudas: el diablo existe. Lo sabe porque está sentado con él en el mismo vagon del metro, por su tic en la boca, tan particular, que le recuerda a todas las otras veces en que sus caminos se cruzaron.

Utilizando esta anécdota como excusa, Eloy Tizon nos cuenta los momentos definidores de la vida de Gabriel Endel, sus veranos infantiles en el pueblo, sus sueños adolescentes de ser mago… Todo ello para prepararnos a lo que es el centro de la historia, su amor con Mónica Friser, un amor en el que se mezclan elementos del enamoramiento hormonal adolescente y la subordinación del hombre al destino de la tradición trágica, sin olvidar, por supuesto, la presencia del diablo, la lucha entre Eros y Tánatos explicada en términos prácticos y, sobre todo, la posguerra de esa lucha.

La novela está escrita con un lenguaje que utiliza ampliamente los recursos de la oralidad, mucho más conativo y expresivo que representativo, desde el punto de vista de un Gabriel Endel que recuerda desde la distancia, con ese tono melancólico e irónico que sólo saben dar los años. Este es el mayor acierto de Tizón, el haber sabido adoptar perfectamente el papel de su narrador, sin caer en la fácil tentación de dejarse vencer por el orgullo y salir a la luz, de utilizar un “lenguaje de autor” que habría desvirtuado el profundo cariño que despierta ese viejo amigo nuestro en el que rápidamente se convierte el protagonista de la obra.

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(1982). Edhasa.

Hay libros que crean un mundo independiente, que viven por sí mismos. Hay libros que están firmemente anclados en un momento y lugar, y que no tienen cabida en otro contexto. También hay libros que nacen de un hecho, de una situación concreta, y que obtienen vida propia a partir de ahí. Primavera con una esquina rota pertenece a esta última clase.

Con el marco obvio de la brutal dictadura que vivió Uruguay entre 1973 y 1985, Benedetti nos cuenta una historia abierta en varios frentes, en la que nos muestra cómo afectan el exilio y la prisión, tanto a quienes los sufren directamente como para su entorno. Es una historia, o un conjunto de historias, humana, sin héroes míticos ni villanos sin rostro, que habla de causas y consecuencias, de elecciones e inevitabilidades, de enlaces, de vínculos, de rupturas.

La novela está dividida en capítulos, cada uno de los cuales nos cuenta la historia desde un punto de vista distinto: el preso, el padre, la esposa, la hija, el amigo… Cada uno de ellos con un estilo distinto, característico que nos ayuda a distinguirlos y a comprender mejor cada una de las piezas de ese rompecabezas que, con piezas en la cárcel, con piezas muertas y piezas en exilios exteriores e interiores, no puede hacer otra cosa que venirse abajo. Una lección a tener en cuenta cuando nos sentimos tentados a pensar que la política es un asunto ajeno o que se puede uno definir por completo bajo unas siglas y una insignia en la solapa.

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Lolita (1955). Anagrama. Traducción de Enrique Tejedor.

Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.

Leyendo Lolita uno puede entender perfectamente las dificultades que tuvo su autor para conseguir publicarla. Nabokov es un autor con un enorme respeto hacia las historias, que nos muestra tal cual son o, como en el caso concreto de esta novela, tal cual siente el protagonista, ese Humbert Humbert que ya es casi icónico, sin contaminarlas con opiniones o juicios. Y la sociedad, tanto en los cincuenta como ahora, necesita una opinión en este tipo de historias.

Lolita es el retrato de un pedófilo, un hombre que vive obsesionado por las nínfulas y que encuentra en la pequeña Dolores Haze la salida a sus impulsos sexuales. Lolita es la historia de una niña que pierde la inocencia y se ve obligada a sobrevivir con un pervertido que la lleva consigo en una paranoica carrera por el paisaje estadounidense. Lolita es una pequeña sádica que tortura y manipula a un enfermo. Lolita es una historia de amor, es un relato policíaco, la autobiografía de un demente, una caída a los infiernos y una redención. Lolita es todo esto y, antes que nada, una gran novela.

El lector que no tenga miedo de reconocer que el arte está por encima de la moral, que sea capaz de sentir, en ocasiones, lástima por un criminal pervertido, que sea capaz, en definitiva, de sumergirse en el mundo que existe sólo en la tinta sobre el papel y saborear la vida que hay en él, ese lector disfrutará enormemente de Lolita. El que busque en la Literatura el triunfo del bien o un esquema que poder llevarse consigo al levantar la vista y enfrentarse a la realidad, está mirando en el lugar equivocado.

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