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Archive for the ‘Citas’ Category

Intertextualizando

-Yo soy ardiente, yo soy morena,

yo soy el símbolo de la pasión;

de ansia de goces mi alma está llena:

¿A mí me buscas?

                                -A ti te busco yo.

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La más perfecta historia de amor

A veces es mejor no empezar, a veces lo único que tenemos son las ganas, y siempre es más mágica la noche de Reyes que el mediodía siguiente: una vez abrimos el regalo, deja de ser un regalo para convertirse en solo un objeto.

Y después de todos estos tópicos, os dejo con la canción más hermosa del disco Utopía, del incomparable Joan Manuel Serrat:

Se conocieron en uno de esos pastos urbanos,
entre apretujones
y copas vacías,
donde se cuecen las mentiras de primera mano
y las vanidades
de bisutería.

Él era un consumado artista del ojeo
midiendo la noche
desde su atalaya.
Resistiendo los envites de los mirares ajenos
hasta que le echaban
humo las pestañas.

Cuando ella respondió al torniquete de su mirada
con el navajazo
de sus ojos negros,
él se dio cuenta que la vida le regalaba
una compañera
para sus juegos.

Fue un inquietante romance
que sólo el aire llegó a acariciar…
Aprendieron a citarse
manteniendo el riesgo del azar…
Buscando sin encontrarse,
buscando sin encontrarse.

Mírame, mírame.
Mírame y no me toques, pero mírame.
Mírame y no me toques, pero mírame.

Se verían en un solar abandonado
siempre que lloviese
a las tres del día.
Irían al fútbol, cada uno por su lado,
y con los prismáticos
se rastrearían.

Acabarían con frecuentar los funiculares.
El uno el de subida,
el otro el de bajada
y mirarse a los ojos a través de los cristales
en el breve instante
en que se cruzaran.

Hasta que un día el experto artista de la mirada
no tuvo bastante
con palpar la niebla.
Quiso ser menos “Polaroid” y más almohada
Tuvo un mal momento
y rompió las reglas.

Y le ofreció la aventura
vulgar del enredo en un cuarto de hotel.
Amor no es literatura
si no se puede escribir en la piel.
Pero ella no llegó nunca.
Pero ella no llegó nunca.

Cuentan que se quedó atascada en un semáforo
con la vista fija
en un militar.
Y que, a pesar de los insultos y los bocinazos
fue incapaz
de arrancar.

Se conocieron en uno de esos pastos urbanos
que estuvo de moda
la otra primavera.
Es muy probable que los veas deambular por la ciudad
buscándose los ojos
por las aceras.

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Esta noche tengo una cita con el Flaco de Úbeda, así que toca hacer voto de humildad y prestarle espacio, sin que él lo sepa, a uno de los mayores genios poéticos que tenemos todavía dando pataditas y bebiendo la copa de vino que le permite a regañadientes el médico. Y si hay alguien que tenga cojones a describir mejor Madrid que como lo hace esta canción (incluso veintidós años después de que se compusiera), que dé un paso al frente:

Cada mañana bostezas, amenazas al despertador
y te levantas gruñendo cuando todavía duerme el sol,
mínima tregua en el bar, café con dos de azúcar y croissant,
el metro huele a podrido, carne de cañón y soledad.
Tirso de Molina, Sol, Gran Vía, Tribunal,
¿Dónde queda tu oficina para irte a buscar?
Cuando la ciudad pinte sus labios de neón
subirás en mi caballo de cartón.
Me podrán robar tus días… tus noches no.
Que buena estás corazón, cuando pasas grita el albañil
el obseso del vagón se toca mientras piensa en tí,
la voz de tu jefe brama “estas no son horas de llegar”
mientras tus manos archivan tu mente empieza a navegar.
Tirso de Molina, Sol, Gran Vía, Tribunal,
¿Dónde queda tu oficina para irte a buscar?
Cuando la ciudad pinte sus labios de neón
subirás en mi caballo de cartón.
Me podrán robar tus días… tus noches no.
Ambiguas horas que mezclan al borracho y al madrugador,
danza de trajes sin cuerpo al obsceno ritmo del vagón,
hace siglos que pensaron: “las cosas mañana irán mejor”
es pronto para el deseo y muy tarde para el amor.
Tirso de Molina, Sol, Gran Vía, Tribunal,
¿Dónde queda tu oficina para irte a buscar?
Cuando la ciudad pinte sus labios de neón
subirás en mi caballo de cartón.
Me podrán robar tus días… tus noches no.

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La última cena

Este microrrelato de Ángel García Galiano está incluído en la antología Galería de hiperbreves, de la editorial Tusquets:

El conde me ha invitado a su castillo. Naturalmente, yo llevaré la bebida.

Me da mucha envidia la capacidad de contar toda una historia con solo dos oraciones. Es como una monja de mirada lasciva, un mundo de posibilidades frente a la única realidad de la actriz porno abierta de piernas.

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Glíglico

Demasiado tiempo llevaba ya retrasando colgar este pasaje, hasta ahora el más erótico que he leído nunca. Porque hay cosas, que, simplemente, no se pueden nombrar con la lengua de todos los días. Este es el capítulo 68 de Rayuela, del maestro Cortázar:

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias. 

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Hembras ricas, calentonas…

Precioso fragmento de Un viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda. Una novela un tanto maniquea pero que tiene pasajes como este:

El otro se alejó para no estorbar, mas era tal la atención que el viejo dispensaba al libro, que no soportó quedar al margen

-¿De qué trata?

-Del amor.

Ante la respuesta del viejo, el otro se acercó con renovado interés.

-No jodas. ¿Con hembras ricas, calentonas?

El viejo cerró de sopetón el libro haciendo vacilar la llama de la lámpara.

-No. Se trata del otro amor. Del que duele.

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