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Archive for the ‘Cientouna’ Category

Últimas palabras

Me voy a ir como los grandes, decía el muy gilipollas en su carta, pero apuesto a que el dueño del Toledo contra el que se reventó no piensa lo mismo. Ni los técnicos del Samur que lo encontraron boqueando como un pez, con los brazos destrozados y el fémur atravesándole el hígado, porque en plena caída cambió de idea e intentó protegerse poniendo manos y piernas por delante. No le salvó la vida, sino que convirtió lo que habría sido un simple golpe que hubiera esparcido sus sesos por media calle en un cuarto de hora de agonía y vergüenza. Pobre diablo; ni ese plan le salió bien.

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Cuesta de Moyano

Hace años que no visito los puestos de libros de segunda mano. Me da miedo encontrarme con contraportadas dedicadas, con esas firmas que pueden convertir una novela en un fantasma, en un misterio terrible que nadie debería resolver. Temo, por encima de todo, volver a ver aquel volumen de cuentos infantiles, esos cerditos y ese gato con botas tan redondos y llenos de color, temo abrirlo una vez más, sin pensar siquiera, para hojearlo y volver a leer, en la primera página, el mismo “mejórate pronto” fatídico que me hizo caer y destrozarme las rodillas contra el asfalto. No podría soportarlo.

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Pájaros en la cabeza

El profesor vio a la niña en el cielo con los brazos extendidos y, una vez repuesto de la sorpresa, le reprendió su falta de respeto por las leyes de la Física y los libros de ciencias. La niña respondió, tímida, que ella no sabía nada de aquello, que nadie le había enseñado. Eso escandalizó al profesor que, movido por su altruismo, se ofreció a instruir a la pequeña aprendiz de ave. Una vez educada y adoctrinada, la niña por fin se dio cuenta de que no podía volar: al golpearse contra el suelo, su cabecita reventó como un melón maduro.

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Al héroe

Gracias por tu sudor y tus lágrimas. Gracias por los altares levantados con sangre y cuerpos que has erigido, por tus amores perdidos, por tu dolor y tu ira. Gracias por tu muerte, por tu agonía y la traición que te llevó a ellas, por repetirlas una y otra vez para mi placer. Gracias por sangrar en tinta sobre papel, gracias por tu no existencia de desdicha eterna que me entretiene junto a un café las tardes de lluvia. Gracias te tengo que dar, amigo, por haberte dejado escribir una vida que me permita distraerme de la mía durante unas horas.

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El momento justo

Cuando llegas a casa, ya has dejado de llorar, y si alguien te esperara tendría que fijarse mucho para adivinar los surcos secos de las lágrimas de hoy; puede que, si ese alguien fuera un buen detective, le bastara con buscar donde estuvieron ayer, donde están todos los días en los que te ahoga la rabia de dejarte arrastrar, de hundirte en el gris. Puede también que, si tú fueras detective, hubieras sabido localizar el instante preciso en que te oí leer en voz bajita, dos asientos a mi izquierda; el instante en que todo habría podido cambiar para los dos.

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Noche de reyes

El oso de peluche, sucio, tuerto y aplastado, mira con recelo los paquetes de colores amontonados en el salón. ¿Se esconderá en alguno de ellos aquel que lo lleve al contenedor de basura? ¿Habrá un vaquero, soldado, bailarina o dinosaurio que lo expulse de su lugar privilegiado sobre la almohada? Siente tentaciones de destrozarlos todos, sin discriminar, hacer añicos los frascos de perfume, dejar las consolas de videojuegos inutilizables, desgarrar corbatas y bufandas como víctimas colaterales de su justa ira contra el posible usurpador, pero sacude la cabeza, vuelve a la cama y se acurruca junto al pequeño que todavía duerme.

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Un sueño alcanzado

Con una pistola en cada mano, disparando al techo y mirando sonriente a sus rehenes, no pudo dejar de sentirse realizado; había llegado al momento más alto de su vida y era inútil dejarse amilanar por la falsa modestia o la erótica del poder. Se sabía superior a todos los que se encontraban tumbados boca abajo, con las manos en la nuca, frente a él, y no por algo tan nimio como las armas o la violencia. Desde niño, siempre había querido ser atracador de bancos; sin embargo, estaba seguro de que ninguno de sus rehenes sería nunca astronauta o princesa.

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