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Prisa

Llega el momento en que la prisa gana la carrera, en que todos los besos no bastan para compensar la nada de después, en que el vacío que espera se traga cuanto sacrificamos para llenarlo y sólo queda el negro ante nosotros, un negro para el que no bastan orgasmos, cubatas ni catarsis. Un negro que, cuando te ha quitado futuro y significación, al final, te quita también la prisa. Cuando ya no tienes adónde llegar, entonces eres por fin libre para disfrutar el camino.

Novedades

Estrenar ropa. Subirse en un autobús sin mirar adónde lleva. Entrar en un bar al azar y decirle al camarero: “sorpréndeme”. Devolver una mirada. Hablar con desconocidos. Desnudar cuerpos ajenos. Temblar en camas extrañas. Salir del mundo que nos han creado, demostrar que podemos, por una noche, ser otros y ser libres, y a la mañana siguiente volver al rebaño. Posibilidades que nos han escondido para que nos creamos rebeldes al encontrarlas. Pan, condones y circo.

Días del futuro presente

Dentro de doscientos años estaremos muertos nosotros y nuestros asesinos. Los gusanos a los que alimentamos serán polvo, y nuestros descendientes no recordarán nuestros nombres. Nadie bailará las canciones que acompañan nuestras borracheras, y los colchones donde follamos serán la podrida casa de alguna rata. Si algo queda de nuestro recuerdo, será una línea perdida en algún archivo que sólo los más obsesivos estudiosos de la Historia leerán de pasada mientras buscan referencias sobre algún otro cadáver más importante que los nuestros. Dentro de doscientos años seremos nada, y mis manos no tendrán piel ni tendones para aferrarse a tus muslos, tu pelvis estará hecha añicos y tu esqueleto no tendrá una cintura que balancear contra la mía. Dentro de doscientos años todo lo que hagamos hoy se habrá olvidado, pero esta noche, esta noche en la que aún tenemos carne y ganas, no nos la quita nadie.

Guerra perdida

El enemigo acecha cada día, escondido tras nuestros mañana empiezo, atrincherado tras cada no tengo tiempo y usando los quizás más tarde como armas. El enemigo no nos amenaza ni nos arroja octavillas desde los aviones, se contenta con observar nuestra rendición diaria desde su rincón entre los botones del mando a distancia, junto al F5, al lado de la página de Sociedad. El enemigo se llama Muerte, y sus garras son almohadas y pantallas brillantes.

Propósitos

Sería bonito, para variar, cumplir los propósitos de este año. Respetar la dieta, volver al gimnasio, abandonar la cerveza, leer más, viajar, hacerme mejor persona. Sería aún más bonito conseguir convencerme de que, si lo hago, no es únicamente por ti. Y sería aún más bonito, casi ideal, de una vez por todas descubrir quién eres.

El viejo remedio

Dicen que el remedio contra la nostalgia es centrarse en los defectos, y así lo hice. Comencé por llamar a la memoria tus dientes descolocados, tu dentadura de niña que renunció al aparato para hacerse experta en besos y sonrisas, y cuando ya casi me había perdido en el modo como me mordías los labios tuve que desviarme hasta tu nariz quizá demasiado grande, que me era muro de contención y lamentaciones, tu nariz que encogías al reír y ya no me valía y me refugié en tus pezones puntiagudos que se convirtieron en trampa, huí hasta tus pies fríos como témpanos que me despertaban sobresaltado cuando querías jugar y de allí volví a escapar, uno a uno recordé cómo amaba cada una de tus imperfecciones hasta que, derrotado, recurrí a tu mayor defecto, a lo único de ti que nunca he querido: tu ausencia.

Rumores

Me han contado que hay gente que puede pasar días enteros sin reír con ganas, sin contrario, de pura alegria. Gente que se acuesta sin haberse preguntado un sólo porqué. Gente que mira una multitud y no encuentra ningún rostro que pida un beso. Sé que no hay que hacer caso a las habladurías, pero no puedo evitar estremecerme pensando que cualquier día puedo doblar una esquina y encontrarme con uno de ellos.