Enero 10, 2008 por betote
Gracias por tu sudor y tus lágrimas. Gracias por los altares levantados con sangre y cuerpos que has erigido, por tus amores perdidos, por tu dolor y tu ira. Gracias por tu muerte, por tu agonía y la traición que te llevó a ellas, por repetirlas una y otra vez para mi placer. Gracias por sangrar en tinta sobre papel, gracias por tu no existencia de desdicha eterna que me entretiene junto a un café las tardes de lluvia. Gracias te tengo que dar, amigo, por haberte dejado escribir una vida que me permita distraerme de la mía durante unas horas.
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Cuando llegas a casa, ya has dejado de llorar, y si alguien te esperara tendría que fijarse mucho para adivinar los surcos secos de las lágrimas de hoy; puede que, si ese alguien fuera un buen detective, le bastara con buscar donde estuvieron ayer, donde están todos los días en los que te ahoga la rabia de dejarte arrastrar, de hundirte en el gris. Puede también que, si tú fueras detective, hubieras sabido localizar el instante preciso en que te oí leer en voz bajita, dos asientos a mi izquierda; el instante en que todo habría podido cambiar para los dos.
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El oso de peluche, sucio, tuerto y aplastado, mira con recelo los paquetes de colores amontonados en el salón. ¿Se esconderá en alguno de ellos aquel que lo lleve al contenedor de basura? ¿Habrá un vaquero, soldado, bailarina o dinosaurio que lo expulse de su lugar privilegiado sobre la almohada? Siente tentaciones de destrozarlos todos, sin discriminar, hacer añicos los frascos de perfume, dejar las consolas de videojuegos inutilizables, desgarrar corbatas y bufandas como víctimas colaterales de su justa ira contra el posible usurpador, pero sacude la cabeza, vuelve a la cama y se acurruca junto al pequeño que todavía duerme.
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Con una pistola en cada mano, disparando al techo y mirando sonriente a sus rehenes, no pudo dejar de sentirse realizado; había llegado al momento más alto de su vida y era inútil dejarse amilanar por la falsa modestia o la erótica del poder. Se sabía superior a todos los que se encontraban tumbados boca abajo, con las manos en la nuca, frente a él, y no por algo tan nimio como las armas o la violencia. Desde niño, siempre había querido ser atracador de bancos; sin embargo, estaba seguro de que ninguno de sus rehenes sería nunca astronauta o princesa.
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Tan ocupado estaba forjando su espada, ciñéndose las armas, entrenando sin descanso para ser imbatible en combate, tan inmerso en sus preparativos, tan concienzudo en su empeño, que al cabo todo lo demás dejó de tener sentido. Pronto se convirtió en el más valeroso príncipe guerrero de todo el imperio. Montó en su blanco corcel y partió en pos de la que habría de ser su mayor aventura. A mitad de camino cayó por fin en su error: se había centrado tanto en ser el perfecto caballero que había olvidado que no se había enamorado de la princesa, sino del dragón.
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