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Fábula

Correteaba el ratón tranquilamente, alegre, por la cueva en la que siempre había vivido, en busca de algo que llevarse al hocico, cuando oyó unos quejidos en el exterior. “No sé si debería salir”, se preguntó, “pero qué diantres, no voy a pasarme toda la vida encerrado en esta cueva”. Y se asomó, con algo de miedo al principio, luego sacando toda la cabeza y sintiendo el calorcito del sol, porque podía hacerlo.

Al asomarse vio algo que nunca habría imaginado ver: allí estaba el león, el valiente y poderoso león, llorando como un cachorrito. “¿Me atreveré a preguntarle qué le pasa?”, volvió a dudar. “El león es tan grande y da tanto miedo, y yo soy sólo un ratón chiquitín. Pero parece que lo está pasando mal y, ¿qué clase de criatura sería yo si no intentase ayudar a un prójimo en apuros?” Y se acercó al león, venciendo su timidez, porque podía hacerlo.

- ¿Qué te ocurre, león? – preguntó el ratoncillo.

-Se me ha clavado un hueso en la garganta, y me duele mucho -dijo el león, entre lágrimas-. Pero como tengo las zarpas tan grandes, no puedo sacármelo.

-Tranquilo, voy a ver qué puedo hacer. Como soy tan pequeñito, puedo meterme en tu boca y alcanzar el hueso. Abre bien las fauces.

El león hizo lo que le decían, y el pequeño ratoncillo se metió despacio en su boca, sonriendo y dispuesto a ayudar al poderoso rey de la selva. Cuando ya sólo asomaba el rabito, el león cerró las fauces, masticó un poco y se lo tragó, porque podía hacerlo.

Últimas palabras

Me voy a ir como los grandes, decía el muy gilipollas en su carta, pero apuesto a que el dueño del Toledo contra el que se reventó no piensa lo mismo. Ni los técnicos del Samur que lo encontraron boqueando como un pez, con los brazos destrozados y el fémur atravesándole el hígado, porque en plena caída cambió de idea e intentó protegerse poniendo manos y piernas por delante. No le salvó la vida, sino que convirtió lo que habría sido un simple golpe que hubiera esparcido sus sesos por media calle en un cuarto de hora de agonía y vergüenza. Pobre diablo; ni ese plan le salió bien.

Gary Gygax, DEP

Ayer, 4 de marzo de 2008, murió Gary Gygax en su casa de Lake Geneva a los 69 años de edad.

La noticia se reprodujo en foro tras foro mientras miles de personas en todo el mundo agachaban la cabecita pensando en la primera vez que cogieron un dado con más de seis caras. Quizá no fuera un padre, pero sí ese tío lejano, simpático y cascarrabias, al que rodeaban los niños en todas las fiestas familiares mientras le pedían que jugara con ellos. Solo que, en el caso del tito Gary, muchos de esos niños pintaban ya canas.

Su estilo fue muy peculiar, su prosa “gygaxiana” amplió el vocabulario de multitud de niños, añadiéndole polisílabos y nombres de armas de asta en francés, y armado de lápiz y papel cuadriculado creó lugares a los que sólo los más valientes se acercaban. El Templo del Mal Elemental, la Tumba de los Horrores, el Castillo de Falcongrís han visto más aventura, más valor y más risas que ningún lugar a este lado de la hoja de personaje.

No fue un hombre perfecto, y no se salvó de polémicas, rencores ni miserias. Vio cómo su creación se le escapaba de las manos, cómo se le echaba a patadas de la compañía que ayudó a crear, pero aun así siguió jugando, acercando a más niños de todas las edades a su mesa.

La muerte de este hombre que nos ha ayudado a tantos a sonreír durante más de treinta años ocupa en los periódicos, con suerte, una pequeña reseña en una esquina, perdida entre anuncios de coches y un mapa de España con nubes y soles dibujados. Por lo visto, hay otras cosas mucho más importantes.

Tiremos 3d6, seis veces. En orden. Y sigamos jugando.

Cuesta de Moyano

Hace años que no visito los puestos de libros de segunda mano. Me da miedo encontrarme con contraportadas dedicadas, con esas firmas que pueden convertir una novela en un fantasma, en un misterio terrible que nadie debería resolver. Temo, por encima de todo, volver a ver aquel volumen de cuentos infantiles, esos cerditos y ese gato con botas tan redondos y llenos de color, temo abrirlo una vez más, sin pensar siquiera, para hojearlo y volver a leer, en la primera página, el mismo “mejórate pronto” fatídico que me hizo caer y destrozarme las rodillas contra el asfalto. No podría soportarlo.

Vicios

¡Maldito Pokémon!

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