Subió pesadamente las escaleras de caracol que llevaban hasta lo alto de la torre. Ella lo esperaba, con el corazón latiéndole tan deprisa que casi se le salía del pecho. Ahí estaba él, su príncipe victorioso, el que había vencido al dragón y, por fin, la había liberado, y con estos gritos lo recibió. Él miró sus ojos azules, sus rubios cabellos, su blanco y largo cuello…, y vio sobre todo su sonrisa. Sonreía al verlo aparecer, con el brazo de la espada rojo de la sangre del dragón.
-Lo has matado -dijo, rebosando felicidad.
El príncipe pensó en aquella enorme bestia que salió a su encuentro abajo, en la cueva, cuando llegó sobre su caballo blanco. Lo primero en lo que se fijó fue en sus ojos, grandes y tristes, con una expresión que jamás habría imaginado en una criatura de su clase. Lo siguiente fue su voz potente, ronca, que parecía hablarle desde todos los rincones de la cueva a la vez. Oyó cómo le daba la bienvenida… Y una frase más.
-Procura que sea rápido.
-¿Qué?
-La muerte -explicó el monstruo-. Has de matarme, no me resistiré; pero te pido que al menos lo hagas rápido. Aquí, en el costado, mi piel es más delgada y, si hundes bien tu espada, podrás atravesarme el corazón.
-¿Pero por qué? ¿Por qué buscas la muerte?
-Arriba está tu princesa. No te conoce, pero no ha dejado jamás de hablar de ti. Desde que la traje a mi guarida, no ha pasado un sólo día sin que me dijera cómo llegarías, me vencerías en singular batalla, me cortarías la cabeza y te casarías con ella, que sería al fin libre de mi fétida existencia. Yo la traje aquí porque la amaba; la amaba entonces y aún la amo, pero para ella soy insoportable, aborrecible. Sueña contigo, con un fuerte y noble príncipe que me mate y la lleve a su castillo, y eso es lo que ha de tener. Por eso te lo ruego, mátame y hazla feliz, todo lo feliz que yo quisiera haber podido hacerla.
El príncipe no sabía qué decir. Cierto es que había ido hasta allí para matar al dragón, pero nunca hubiera esperado que fuera éste quien le pidiera morir. En silencio, porque ninguna palabra que pronunciara podría haber hecho justicia al sentimiento de solemne inevitabilidad que lo embargaba, se acercó a la bestia y, reuniendo todas sus fuerzas, hundió su espada en el punto que le había indicado. Ni siquiera entonces se movió el dragón; tan sólo le pareció ver cómo una lágrima surcaba su escamoso hocico. Aún en silencio, con lentitud, se dirigió hacia las escaleras y comenzó a subir los peldaños de piedra, esforzándose inútilmente por pensar que quien lo esperaba arriba podría ser digna de la muerte de tan honorable rival.


Un cuento digno de… ¿dragón o caballero?
Besos desde el agua
Noble criatura, el dragón…
Besicos de limón
Me confundí… puese el comentario en sin fuerzas…:( será por que es así como me siento…:(
Me están matando
¿Por qué estoy llorando? ¿Tengo alma de dragón…?